11.7.2022

¿Qué nos enseña la Carta de la Tierra acerca de la ética, los sistemas de valores y la visión del futuro que no están incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos?

Ricardo Young, febrero de 2022 

Sabemos y nadie cuestiona el papel fundamental que ha jugado la Declaración Universal de los Derechos Humanos para la dignidad humana, la democracia y las libertades individuales. Sin embargo, la DUDH surge en un contexto en el que los países estaban agotados por la Segunda Guerra Mundial y todas las arbitrariedades cometidas por el Estado en detrimento del ciudadano llegaron a su extremo con el holocausto y los millones de vidas arrebatadas por la guerra. No sólo era necesario un alto histórico al abuso tiránico del poder estatal sobre el ciudadano, sino que también era necesario reconocer la dignidad humana por encima de las diferencias nacionales, raciales, religiosas y étnicas. Los resentimientos dejados por la guerra y las enormes heridas en las relaciones entre los pueblos instaron a una profunda revisión del conjunto de valores y del comportamiento de la sociedad de naciones en la difícil recuperación de la posguerra. 

Otro aspecto importante de la DUDH es su característica de tratado normativo, declaratorio e imponente. Aunque existiera la adhesión voluntaria de los Estados Nacionales, comprometiéndose a su regulación nacional, el documento afirma derechos universales desde el concepto intrínseco de que los valores allí postulados son compartidos por todos y cuya fuerza moral se explica por sí misma. Esto acaba por dar a la Declaración un carácter formal, lineal y, sobre todo, un carácter normativo de los derechos humanos de los estados soberanos, casi una concesión de las naciones sobre los derechos de los ciudadanos. El momento histórico así lo exigía y la Declaración tuvo un profundo impacto humanizador y civilizatorio, jugando un papel fundamental en la mediación de futuros conflictos y en la contención de la barbarie. 

Han pasado setenta y tres años, el siglo XX ha dado paso al siglo XXI y una nueva sombra comenzó a cernirse sobre la humanidad. Primero, tímidamente, en la Conferencia del Ambiente de Estocolmo en 1972, luego en las señales más severas dadas por la Comisión Bruntdland en 1987, seguidas de las primeras señales irreversibles de destrucción de los ecosistemas y su biodiversidad en Río-92. A partir de entonces, los hechos se sucedieron hasta la emergencia climática de nuestros días y la conclusión de que, sin un nuevo comienzo, el planeta y la vida en él están severamente amenazados. 

A principios de la década de 1990, a finales del siglo XX, la sociedad civil planetaria comenzó a tejer una nueva visión sistémica de lo que debe ser una ética planetaria, un conjunto de valores que albergara elementos más allá de la humanidad per se, sino de todo el conjunto del ecosistema que permite no solo la vida humana, sino de todas las especies también. Surge la necesidad de abandonar el antropocentrismo por una ética basada en la vida y sus sistemas. Aquí, es la sociedad civil del planeta la que unida en una acción colaborativa de alto espectro, acoge en el conjunto de valores de una nueva declaración, los elementos fundamentales de la dignidad humana. Y va más allá: demuestra que los derechos humanos son insuficientes y sólo los derechos inherentes a todas las especies dan sentido a la humanidad misma. La Carta de la Tierra nace como la próxima etapa de los derechos humanos. Ahora, incorporado el derecho a la vida, la  nueva condición de la humanidad como guardiana de la comunidad planetaria. 

Lo más importante es lo que nos enseña la Carta de la Tierra en el contexto de la Crisis Climática. El desarrollo sostenible tan anhelado por los ODS y consagrado en la Conferencia del Clima de París como la única forma de reducir los efectos del cambio climático, depende en sus 17 objetivos y 169 metas, de una visión sistémica integrada, pero sobre todo ética. No es posible implementar los ODS desde un punto de vista antropocéntrico; no es posible implementarlos de forma compartimentada y lineal; no es posible implementarlos sin un nuevo compromiso civilizatorio que abandone la visión dominante y, a veces, saqueadora de la comunidad de vida altamente destructiva y depredadora. Las empresas hablan de los países de Gobernanza Social y Ambiental (ESG), el Acuerdo de París y Glasgow, los mercados de créditos de carbono, pero no ven la ética detrás de estos temas. Manteniendo la lógica de perseguir indicadores de emisiones de carbono, o oportunidades en la economía verde o incluso la implementación de los ODS, la suma de esfuerzos será cero, como lo ha sido hasta aquí. 

Así como la DUDH proporcionó los principios éticos que guiaron a la humanidad en sus relaciones diplomáticas, disputas, conflictos y resoluciones de paz, entre humanos; la Carta de la Tierra ofrece el referente ético para que la humanidad, en su más alto nivel de colaboración, pueda regenerar el ecosistema planetario y curarse de la enfermedad civilizatoria de la que está enferma. La afirmación de los derechos humanos en el contexto del mayor derecho a la vida y la responsabilidad de preservarla para las generaciones futuras, entendiendo la vida como un todo y el planeta como nuestro hogar común, otorga a la Carta de la Tierra una referencia inédita para un nuevo sentido civilizatorio, integrados a los destinos del planeta. La responsabilidad social y ambiental no son sólo metas a alcanzar, sino una forma de pensar y actuar sin la cual no será posible acceder al conocimiento que pueda redimir a la humanidad y a la comunidad de vida del planeta de la amenaza que se cierne sobre nosotros. 

Ricardo Young

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Emprendedor, nacido en São Paulo, Capital, fue presidente del Instituto Ethos y de la ABF Asociación Brasileña de Franquiciamiento. Con una visión emprendedora transformó la empresa familiar Escola de Idiomas Yazigi Internexus en uno de los casos de franquicias más grandes del mundo. En su juventud participó del movimiento estudiantil en las luchas contra la dictadura y por las libertades democráticas. Es pós-graduado en administración de empresas, integró el PNBE – Pensamento Nacional de Bases Empresarias, habiendo contribuido al proyecto de adopción de escuelas públicas por empresas y la creación del instituto PNBE que desarrolló el proyecto “Mi calle, mi casa” para personas sin hogar. Al frente del Instituto Ethos, tuvo una importante participación en foros internacionales, como el Pacto Mundial de las Naciones Unidas, el Global Report Initiative y la ISO 26000 – Directrices sobre Responsabilidad Social. Miembro de los Directorios de Organizaciones No Gubernamentales como Instituto Ethos y UniEthos, IDS – Instituto Democracia e Sustentabilidade. Todos por la Educación, Instituto Akatu, Rede Nossa São Paulo.

Ricardo Young también fue iniciador del Pacto de Integridad para Combatir la Corrupción y pionero en la lucha por la sustentabilidad como uno de los divulgadores de la Carta de la Tierra en Brasil y signatario del Manifiesto “Brasil con S”. Participó en la fundación del Movimiento Nossa São Paulo y del Foro Amazonía Sostenible. Fue concejal de la ciudad de São Paulo, por el PPS. Ricardo Young cree en el rescate y resignificación de la política como instrumento legítimo para transformar la sociedad y servir al ciudadano.