Tomando el extraordinario mensaje del Papa palabra por palabra me recuerda de dos comentarios aparentemente contradictorios sobre cómo el pueblo judío recibió los Diez Mandamientos. En el primero, la tribu nómada de los judíos expresó su voluntad de recibir e implementarlos por libre elección. En el otro comentario, el pueblo judío se negó a aceptarlos, tal y como lo hicieron todos los demás pueblos, por considerarlos demasiado exigentes. Dios llevó al pueblo judío al Monte Sinaí. Luego levantó la montaña por encima de sus cabezas y declaró: «Cuando te decidas a aceptar los mandamientos, vivirás. Si no los aceptas dejaré caer la montaña este será tu tumba.» El Papa Francisco señala la abrumadora evidencia científica, junto con nuestras propias experiencias locales y globales, de que nosotros, por nuestras propias decisiones equivocadas y egocéntricas, hemos levantado la montaña de desperdicios y de abandono por encima de nuestras cabezas.
Sí, esto puede convertirse en nuestra tumba. Pero gracias a Dios todavía tenemos la opción de preservar nuestra Madre Tierra, nuestro hogar con toda su belleza sublime. Todo lo que tenemos que hacer es reconocer nuestro conocimiento interior que, tal y como lo establece la Carta de la Tierra en el primer párrafo del Preámbulo, «… somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común.»
Sin embargo, de acuerdo con el Papa Francisco, el destino no es sólo un ideal noble sino un plan de acción concreto. En él se debe poner a los pobres y a los marginados en el centro de nuestra preocupación, los que sufrirían más cuando sus hermanos y hermanas más afluentes persistan en la búsqueda de sus propios intereses aislados. Parte de la solución propuesta es que hay que valorar el ser más sobre tener más.
Todo el mundo y todas las cosas están interconectadas. Este principio de interconexión constituye el núcleo de la Carta de la Tierra. La encíclica nos urge a prestar atención a la sabiduría y a las advertencias de los pueblos indígenas. Recuerdo bien el cri de coeur de nuestra querida madre de los maoríes, Pauline Tangiora, quien se levantó durante la última sesión de las consultas de la Carta de la Tierra en París en el año 2000. Ella señaló que todos nuestros esfuerzos serían inútiles si no entendíamos el significado de la tribu, el sentimiento natural de pertenencia y de responsabilidad. Cuando no nos relacionamos en paz y armonía compasiva con la naturaleza, no vamos a relacionarnos con amor y responsabilidad hacia los demás como seres humanos. Y cuando no nos relacionamos con amor y responsabilidad hacia los demás como seres humanos, no seremos capaces de relacionarnos con paz y armonía compasiva con la naturaleza.
De manera paradójica, el cambio climático me parece a mí una bendición disfrazada. La amenaza inminente para nuestra existencia común nos acercará por necesidad y la cooperación es la clave. Mi padre Jacob, de bendita memoria, escribió desde su escondite durante la Segunda Guerra Mundial a un niño escondido en una granja de pollos, «Sé siempre consciente que Dios creó al ser humano en perfecta creación de la forma en que él quería que fuera, un mundo lleno de cooperación, amor y justicia.» Para mí las palabras del Papa reflejan este significado y señala la esperanzadora revolución silenciosa que se está produciendo. Cada vez más líderes, de distintas tradiciones espirituales e incluyendo el humanismo, se dan cuenta de que necesitamos uno de los otros desesperadamente para cumplir con nuestro objetivo común.
De este modo, el Papa Francisco es nuestro hermano y maestro común. Su llamado a amar a nuestra Madre Tierra y a todos los seres vivos resuena con todos nosotros. Ofrece mayor visibilidad a los llamados urgentes que se han comunicado desde otras tradiciones espirituales y manifiestos interreligiosos de los últimos años. Fuera del margen y hacia el centro. Nos lleva por un camino peligroso lleno de obstáculos desde la negación y el miedo paralizante hacia la energía indomable de esperanza.
Hace quince años dimos expresión a nuestra noción existencial de que nos encontrábamos en un momento crítico en la historia de la Tierra, un tiempo en el que la humanidad debe elegir su futuro. Estos años no fueron desperdiciados. Por el contrario, una alianza cada vez más fuerte de ciudadanos pioneros proféticos globales y la creciente voluntad política de los gobiernos provocaron el éxito inesperado de los Objetivos de Desarrollo del Milenio. El registro muestra que la humanidad ha evitado la bancarrota moral. Sí, es sólo un comienzo y tenemos que aprovechar mucho más la voluntad y la disposición de ponernos en la posición de otras personas. La carta Encíclica abre nuestros ojos y nuestros corazones a las tareas abrumadoras venideras.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que se pide a la comunidad mundial cumplit, están dirigidas a erradicar la vergonzosa pobreza dentro de quince años. Esto sólo será posible cuando un acuerdo climático responsable se firme en París y se implemente en los mismos quince años. El fracaso de las negociaciones en Johannesburgo y Copenhague no es la historia completa. Bajo la superficie, los poderes blandos cobraron impulso. Los cientos de miles que marcharon al unísono para lograr un cambio en las calles de Nueva York en septiembre del año pasado fueron la impresionante vanguardia de una creciente protesta masiva. Y la decisión de la corte en los Países Bajos en favor de Urgenta, abre una nueva vía legal para obligar a los gobiernos a proteger realmente a sus ciudadanos, independientemente de sus fronteras.
La carta Encíclica tendrá una influencia crucial en las negociaciones en París, y en particular sus tradiciones espirituales, si todos la apoyamos plenamente y de forma masiva. Es mi opinión personal, corroborada por muchos líderes espirituales en los últimos años, que se requiere un esfuerzo adicional de todos y cada uno de nosotros. Todas nuestras tradiciones espirituales nos obligan a donar una parte de nuestra riqueza para cuidar a los menos afortunados. En este espíritu, una cuota extra de al menos 0,1 por ciento para ayudar a aliviar la pobreza y para sostener la tierra estaría en orden.
Es conmovedor para nosotros que formamos parte de la comunidad de la Carta de la Tierra que el Papa Francisco optara por citar el último párrafo de la Carta. Cada uno de nosotros es sólo un pequeño instrumento, cada ofrenda y dedicación con propósito más allá de su propio interés, por lo que reiteramos nuestra esperanza colectiva y la promesa a las próximas generaciones. «Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida.»
Y juntos con el Papa Francisco nuestro mentor, le rezo a Dios:
… Derrama sobre nosotros el poder de tu amor
Para que podamos proteger la vida y la belleza
Llénanos de paz para que podamos vivir
Como hermanos y hermanas sin dañar a nadie.

