
Por Dr. Paula Seymour, Flagler College, Estados Unidos.
Llegué al Diplomado en Educación para el Desarrollo Sostenible de la Carta de la Tierra Internacional como una educadora con experiencia. Traía veintisiete años de docencia, una formación doctoral en filosofía y espiritualidad, y la profunda convicción de que la transformación del aula comienza en la vida interior de quien enseña. Lo que no anticipé fue hasta qué punto los cuatro cursos del programa, a lo largo de siete meses, me pedirían no solo estudiar la Carta de la Tierra, sino vivirla. La primera sesión me devolvió algo de lo que me había alejado: la EDS no consiste en integrar contenidos de sostenibilidad en un programa de curso; consiste en cultivar maneras de ver. Al llegar al último curso, comprendí en lo más hondo lo que durante mucho tiempo había sostenido solo en la mente: que las emociones (el asombro, el duelo, la reverencia, el amor) no son añadidos blandos de la educación para la sostenibilidad, sino su verdadero motor. Salí no solo mejor informada, sino genuinamente transformada.
Para mi proyecto final elegí un enfoque institucional integral: codiseñar y lanzar el primer Capítulo Universitario de la Carta de la Tierra de mi universidad. Desde el inicio tomé una decisión que le dio forma a todo. No lo construiría para los estudiantes. Lo construiría con ellos.
Dos estudiantes, Ethan Sacks y Cameron Groome, se inscribieron en el curso Liderazgo, Sostenibilidad y Ética de la Carta de la Tierra al mismo tiempo que yo completaba mi programa, y se convirtieron en auténticos cocreadores. Juntos estudiamos los cuatro pilares, comenzamos a diseñar estructuras de gobernanza y grupos de trabajo, y cimentamos el capítulo en la convicción de que la Carta de la Tierra nos llama no solo a pensar de otra manera, sino a ser de otra manera.


Lo que no esperaba era cuánto crecería yo. El privilegio de aprender y trabajar junto a mis estudiantes, de verlos asumir un liderazgo genuino, me transformó como educadora. El programa también me conectó con una red global de educadores que realizan esta misma labor urgente y esperanzadora. No solo completé un certificado. Me uní a una comunidad.

En abril de 2026, Ethan y Cameron presentaron la propuesta ante la Asociación de Gobierno Estudiantil (SGA) de la universidad. La SGA aprobó el funcionamiento del capítulo en el campus: un reconocimiento formal de que este trabajo había echado raíces a nivel institucional, y no solo en un aula. En julio pasado, ambos estudiantes asistieron a la Cumbre de Juventud de la Carta de la Tierra en Soka University of America, junto a pares de más de veinte países. No fueron como representantes de mi proyecto. Fueron como líderes del suyo.
Lo que el Certificado en EDS me dio no fue un nuevo currículo. Me dio un lenguaje más rico para lo que siempre había creído y un sentido renovado de vocación. La educación para la sostenibilidad, en su forma más honesta, no trata de transferir información. Trata de re-cordar quiénes somos en relación con los demás y con el mundo viviente.
Eso es lo que la Carta de la Tierra hace posible.

