
Por Mahmoud Harkouss, Educador Carta de la Tierra, Líbano.
Cuando comencé mi proyecto final del Diplomado en línea en Educación para el Desarrollo Sostenible, pensé que iba a evaluar una escuela a partir de 62 indicadores. Jamás imaginé que, en algún momento del proceso, esos mismos indicadores también transformarían mi manera de ver las escuelas.
Elegí la Monte Lebanon Montessori School, una escuela en su primer año de funcionamiento en Beit Mery, Líbano. La escuela nunca había recibido acompañamiento sobre la Carta de la Tierra ni preparación para la evaluación del Sello Escuela; aun así, muchas de las acciones que lleva a cabo reflejan la esencia de la Carta de la Tierra.


La parte más emocionante del proceso fue reunir las evidencias. Se sintió menos como realizar una evaluación y más como explorar nuevos mundos. Con un indicador descubría el bosque comestible o la apicultura de la escuela; con otro, la atención plena y la educación para la paz; luego, las compras sostenibles, el apoyo comunitario, la inclusión cultural, la conservación del agua y mucho más. Una y otra vez me encontré pensando que esta escuela estaba traduciendo la Carta de la Tierra en acciones concretas.

La escuela obtuvo finalmente 147 de 186 puntos y alcanzó el nivel Intermedio. Ser una escuela Montessori fue, sin duda, un catalizador. Su énfasis en la interdependencia, el respeto, la autonomía, la comunidad y la conexión con la naturaleza creó un terreno fértil. Sin embargo, el enfoque Montessori por sí solo no explica este resultado. Las personas propietarias, el equipo educador, las madres y los padres, y las niñas y los niños conforman una comunidad donde la sostenibilidad ya forma parte del pensamiento y la práctica de todos los días.
Fue aquí donde la idea de alineación orgánica cobró sentido para mí. Estas prácticas existían antes de cualquier evaluación y ya formaban parte de la vida diaria de la escuela. La Carta de la Tierra nos ofreció una manera de verlas y reconocerlas, de nombrarlas y, con igual importancia, de identificar dónde aún hay espacio para crecer.
Así, la evaluación se convirtió en una experiencia de aprendizaje mutuo. La escuela descubrió cuántas de sus prácticas cotidianas se conectan con los valores de la Carta de la Tierra y con el enfoque de la educación para la sostenibilidad, mientras yo descubría cómo se ven realmente esos valores cuando pasan de las páginas de un curso a la vida de una escuela.
Quizás mi mayor descubrimiento, sin embargo, fue el cambio en mi propia mirada.
Estudiar la EDS, en particular las cosmovisiones, la interdependencia y el enfoque institucional integral, cambió aquello en lo que me fijo dentro de la educación. Hoy, cuando visito una escuela, percibo cosas que antes quizás habría pasado por alto: cómo se relacionan las personas entre sí, cómo está presente la naturaleza, qué voces son escuchadas, cómo se abordan los conflictos, cómo participan las comunidades y si los valores están solamente escritos o se viven de verdad.
El proyecto terminó, y la curiosidad sigue viva.
Ahora me descubro observando otras escuelas, universidades e instituciones educativas y preguntándome: ¿qué revelarían aquí estos 62 indicadores? ¿Y qué podrían descubrir estas instituciones sobre sí mismas?




