Por Xuan Ni, pasante, Carta de la Tierra Internacional
Al inaugurarse esta semana, el 8 de septiembre de 2026, el 81.º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, los líderes mundiales se reunirán una vez más en Nueva York en un momento de profunda incertidumbre global. El tema de este año, «Restaurar la confianza, gestionar la transformación: unas Naciones Unidas que responden a todas las personas», refleja dos desafíos centrales que enfrenta hoy el sistema multilateral: la disminución de la confianza en las instituciones internacionales y la necesidad de responder colectivamente a condiciones globales que cambian con rapidez.
Para muchos observadores, la pregunta ya no es si la ONU es imperfecta, sino si sigue siendo relevante en un mundo de alianzas cambiantes, nacionalismos resurgentes y fragmentación geopolítica.

Un sistema multilateral bajo presión
Las Naciones Unidas han enfrentado críticas crecientes en los últimos años. A menudo se retrata a la organización como lenta, burocrática o incapaz de responder eficazmente a las grandes crisis internacionales. Las limitaciones del Consejo de Seguridad, en particular cuando las divisiones geopolíticas impiden la acción colectiva, han contribuido aún más a los cuestionamientos sobre la eficacia del sistema internacional.
También existen preocupaciones más amplias sobre la estructura de la gobernanza global. Instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial operan en un mundo que ha cambiado significativamente en términos de poder económico, tecnología, demografía y desafíos globales. Al mismo tiempo, la creciente competencia geopolítica y un renovado énfasis en la soberanía nacional han vuelto más difícil alcanzar consensos internacionales.
Estas críticas no deberían simplemente descartarse. Las instituciones internacionales necesitan ser responsables y capaces de adaptarse a circunstancias cambiantes. La pregunta, sin embargo, es si las deficiencias de las instituciones multilaterales significan que el multilateralismo en sí mismo se ha vuelto menos relevante.
Por qué la cooperación sigue siendo necesaria
Los desafíos que enfrentan las sociedades hoy cruzan cada vez más las fronteras nacionales. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, las pandemias, la migración, la pobreza, la transformación tecnológica y los conflictos armados no pueden abordarse eficazmente por países que actúan por su cuenta.
El 81.º período de sesiones de la Asamblea General ilustra esta interdependencia. Su programa de alto nivel incluye discusiones sobre desarrollo sostenible, acción climática y transición justa, aumento del nivel del mar, preparación ante pandemias, desarrollo, discriminación racial y desarme nuclear. El Debate General anual reunirá a líderes mundiales del 22 al 28 de septiembre para abordar estos y otros desafíos interconectados.
Resolver estos problemas, no obstante, no está solo en manos de la ONU. La mayoría de sus decisiones dependen de la voluntad y la capacidad de los Estados Miembros para implementarlas. Su importancia, por lo tanto, no debería medirse únicamente por su capacidad de producir soluciones inmediatas.
Las Naciones Unidas también ofrecen algo más fundamental: un espacio en el que los Estados pueden negociar, establecer normas comunes, coordinar acciones y articular prioridades compartidas.
La Asamblea General, por ejemplo, reúne a los 193 Estados Miembros, cada uno con un voto. Aunque las resoluciones de la Asamblea General generalmente no son jurídicamente vinculantes, la Asamblea sigue siendo el foro más representativo de la ONU para la deliberación internacional sobre temas que incluyen la paz y la seguridad, el desarrollo, los derechos humanos y el derecho internacional.
En este sentido, el multilateralismo no se trata necesariamente de lograr consenso en cada tema. Se trata también de mantener la posibilidad institucional del diálogo cuando el consenso resulta difícil.
Restaurar la confianza, en lugar de abandonar la cooperación
Esto hace que el tema de la AGNU 81 sea particularmente significativo.
«Restaurar la confianza» reconoce que la cooperación internacional no puede funcionar sin un grado de confianza en las instituciones, en los procesos y entre unos y otros. La confianza no significa la ausencia de desacuerdo. Más bien, requiere instituciones suficientemente inclusivas, transparentes, responsables y representativas como para permitir que el desacuerdo se gestione mediante el diálogo en lugar de la confrontación.
El desafío para las Naciones Unidas es, por lo tanto, doble. Debe responder a las críticas legítimas y mejorar su eficacia, al tiempo que demuestra por qué la cooperación internacional sigue siendo indispensable.
La pregunta que enfrenta la ONU, en consecuencia, no es si debería permanecer inalterada. Es si puede adaptarse con rapidez preservando a la vez los principios de cooperación internacional sobre los que se construyó el sistema multilateral.
Una perspectiva desde la Carta de la Tierra
Esta pregunta también resuena con la perspectiva ética de la Carta de la Tierra.
La Carta de la Tierra parte del reconocimiento de que la humanidad vive dentro de una comunidad global interconectada. El Preámbulo describe un mundo «cada vez más interdependiente y frágil» y llama a la humanidad a reconocer que «somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común».
El principio de responsabilidad universal de la Carta de la Tierra desarrolla esta idea aún más, subrayando que «los ámbitos local y global se encuentran estrechamente vinculados» y que la responsabilidad se extiende al bienestar de las generaciones presentes y futuras.
Desde esta perspectiva, la cooperación internacional no es solo una cuestión institucional o política. Es también una respuesta a la realidad de la interdependencia. Esto se refleja con particular claridad en el Principio 16 de la Carta de la Tierra, que llama a «promover una cultura de tolerancia, no violencia y paz» y alienta «la solidaridad y la cooperación entre todas las personas, tanto dentro como entre las naciones».
La Carta de la Tierra ofrece, por lo tanto, un lente ético útil para considerar el futuro del multilateralismo: si los desafíos globales están interconectados, las responsabilidades no pueden detenerse en las fronteras nacionales.
Mirando hacia adelante
Las Naciones Unidas no son ni una institución perfecta ni un sustituto de la voluntad política. Su eficacia depende, en última instancia, de la disposición de los gobiernos y las sociedades a cooperar con una visión compartida y una decisión de actuar. Sin embargo, la ausencia de una institución perfecta no elimina la necesidad de la acción colectiva.
Al comenzar la AGNU 81, quizás la pregunta más útil no sea si las Naciones Unidas siguen siendo relevantes, sino qué tipo de multilateralismo necesita el mundo ahora.
Un sistema multilateral más eficaz puede requerir mayor rendición de cuentas, participación más amplia y confianza pública renovada. Pero también requerirá reconocer una realidad básica: muchos de los desafíos que dan forma a nuestro futuro compartido no pueden ser gestionados por ningún país por sí solo. En un mundo cada vez más interconectado, la cooperación no es señal de que las diferencias hayan desaparecido. Es una manera de responder a ellas.
Y quizás sea aquí donde las Naciones Unidas y la Carta de la Tierra se encuentran: en el reconocimiento de que nuestros desafíos compartidos requieren no uniformidad, sino la capacidad de vivir, deliberar y actuar juntos.
Las citas de la Carta de la Tierra corresponden a la versión oficial en español. El tema de la AGNU 81 lo traduje de manera literal; conviene verificar la formulación oficial de la ONU en español antes de publicar.

